A veces el solo hecho de estancarse en una situación nos hace despegarnos constantemente buscando el final, el paso siguiente, empezar de nuevo. Y al solo amanecer de una posibilidad de desaparición de esa molestia, esa etapa fortificante de nuestra vida, saltamos a recibir lo que viene con la devoción de un hambre que duro, aunque no parezca, toda nuestra existencia. Y después de tanto rogar, gritar, y suplicar por este escape, un momento de duda nos hace mirar atrás, alejar la vista de nuestro objetivo tan esperado. Y al girar al pasado no nos sorprendemos al ver esas miradas de desentendimiento, esos ojos fijos, desmayados que no dan lugar a lágrimas, y finalmente esa sonrisa de apoyo, ese pequeño puño blanco que se eleva, expectante, listo para entregar su ultimo saludo, su resignado destino: la esperanza fallida de una invitación a su infancia vacía, y el grito silenciado por su madurez temprana, los pasos a seguir que ya le quedan chicos sin saber, siquiera, lo poco que recorrieron esos pies. Lo inusual que siente esa mano blanca, ser abandonada una vez más, y mis ojos que se escudan del dolor, y se obligan a no arrepentirse del adiós.
jueves, 2 de abril de 2009
A veces el solo hecho de estancarse en una situación nos hace despegarnos constantemente buscando el final, el paso siguiente, empezar de nuevo. Y al solo amanecer de una posibilidad de desaparición de esa molestia, esa etapa fortificante de nuestra vida, saltamos a recibir lo que viene con la devoción de un hambre que duro, aunque no parezca, toda nuestra existencia. Y después de tanto rogar, gritar, y suplicar por este escape, un momento de duda nos hace mirar atrás, alejar la vista de nuestro objetivo tan esperado. Y al girar al pasado no nos sorprendemos al ver esas miradas de desentendimiento, esos ojos fijos, desmayados que no dan lugar a lágrimas, y finalmente esa sonrisa de apoyo, ese pequeño puño blanco que se eleva, expectante, listo para entregar su ultimo saludo, su resignado destino: la esperanza fallida de una invitación a su infancia vacía, y el grito silenciado por su madurez temprana, los pasos a seguir que ya le quedan chicos sin saber, siquiera, lo poco que recorrieron esos pies. Lo inusual que siente esa mano blanca, ser abandonada una vez más, y mis ojos que se escudan del dolor, y se obligan a no arrepentirse del adiós.
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